Edgar Sánchez Quintana

Sitio web oficial del escritor y filósofo Edgar Sánchez Quintana. Explora su obra completa, incluyendo novelas, cuentos, teatro, ensayos y periodismo cultural.

  • Imagen surrealista e hiperrealista de un hombre frente al espejo del baño. Su rostro está parcialmente cubierto por una espuma de jabón rosa espesa que parece una máscara de huehue con una sonrisa cínica. Del grifo fluye un líquido oscuro y denso como chapopote. El espejo está agrietado y el reflejo muestra una mezcla entre su cara y el rostro severo de una mujer autoritaria. La iluminación es dramática, con sombras profundas y un contraste entre el azul frío del baño y el rosa cálido del jabón, capturando una atmósfera kafkiana y psicológica.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    El procedimiento comienza con la rigurosidad de una receta de alta cocina, o acaso con la asepsia de una intervención quirúrgica. Las manos, previamente dispuestas en ángulo recto, se acercan al rostro como pinzas calibradas, buscando la normatividad del tacto. Se trata de un acto simple, cotidiano, casi risible por su repetición, pero hay una diferencia sustancial: cada vez que el pase de manos recorre la geografía facial, el espejo devuelve una entidad distinta, una farsa grotesca de lo que antes se llamaba «yo».

    El jabón es el primer elemento de la transmutación. Un bloque rosa, rotundo, de la marca Zote, que al frotarse contra la piel abandona su naturaleza alcalina y se reblandece hasta convertirse en una máscara de huehue. Es blanda, adherente, y ostenta una sonrisa perpetua, cínica, que se pega a los pómulos como un parásito complacido. El rostro, antes humano, es ahora una talla de madera policromada que ríe de su propia obsolescencia.

    El agua, inicialmente cristalina, fluye con la promesa de la purificación. Sin embargo, al girar la llave del grifo un milímetro más, la transparencia se espesa. El torrente se enturbia, pierde su fluidez y desciende como un chapopote denso y oscuro que mancha más de lo que limpia. El procedimiento, dicta una especie de instructivo invisible que «el lavacaras» debe acatar con devoción, exige que en este punto se expulse el remanente. Así, el lavacaras escupe, arrojando hilos viscosos de hipocresía que se escurren por la cañería con un sonido ahogado, llevándose consigo las verdades a medias que sostenían el día.

    Al alzar la vista, el cristal del espejo ya no refleja al individuo. En su lugar, se impone el rostro severo de la gobernadora. Es una aparición que exige obediencia, una fantasmagoría política instalada en la intimidad del baño. Preso del pánico y la prisa, el lavacaras vuelve a frotar, a raspar la imagen con los nudillos para borrar el decreto de su propia cara, para arrancar la máscara de poder que se ha filtrado por sus poros.

    Vuelve a impregnarse del líquido, pero el grifo ha mutado su ofrenda. Ahora brota líquido amniótico, tibio y salobre. Al contacto, la piel pierde sus aristas, las facciones se redondean y el rostro adquiere el matiz rosado y vulnerable de un bebé recién nacido. Pero la inocencia es insoportable; es una forma de amnesia que no puede permitirse. Él ya no es eso. La memoria de la vida le pesa demasiado para aceptar ese renacimiento forzado, así que vuelve a lavar, frotando con desesperación para arrancar la tersura del infante.

    Finalmente, toma la toalla. Se seca con una fricción excesiva, castigando la piel hasta dejarla árida. El rostro queda tan seco que, de inmediato, le crecen arrugas profundas, como surcos abiertos en un campo inhóspito y olvidado. Exhausto por las metamorfosis, el lavacaras se rinde ante la imagen final. Levanta la mano y le lanza un beso al espejo, un gesto de tregua hacia la otredad que lo observa desde el azogue.

    En reciprocidad, desde el otro lado del cristal, emerge una fuerza invisible y contundente. Percibe una cachetada que le voltea la cara con el sonido seco de la carne contra la carne. Un golpe de realidad que lo devuelve al mundo de los vivos.

    Y entonces, con la mejilla ardiendo y el alma en vilo, piensa: todo está bien, todo ha quedado en su sitio.

  • Por Edgar Sánchez Quintana

    La historia de las vanguardias en México no es una sucesión de fechas, sino un estallido de voluntades. Cuando en los años 20 el Estridentismo lanzó su grito de «¡Viva el mole de guajolote!», no estaba haciendo una broma gastronómica; estaba ejecutando un acto de terrorismo estético contra la cursilería burguesa. Hoy, en la Tlaxcala del siglo XXI, ese estruendo ha sido sustituido por un silencio digital anestesiante, y es urgente recuperar la fenomenología del oprimido para despertar de la «platanez» absoluta.

    La Fenomenología del Oprimido en la Era del Algoritmo

    Para entender nuestra realidad, debemos partir de un punto de salida: la conciencia de la opresión. Si Paulo Freire hablaba de la pedagogía del oprimido como el camino hacia la liberación, hoy debemos hablar de una fenomenología del oprimido digital. El oprimido actual no solo es aquel que carece de recursos, sino aquel cuya atención ha sido colonizada por la Inteligencia Artificial y un sinnúmero de distractores que fragmentan su soberanía intelectual.

    En Tlaxcala, esta opresión se manifiesta en una somnolencia colectiva. Hemos pasado del «orden y progreso» positivista al «entretenimiento y sobrevivencia» neoliberal. El ciudadano, y peor aún, el creador, se ha convertido en un consumidor de realidades prefabricadas por el algoritmo de Facebook o TikTok, perdiendo la capacidad de ver la «nervadura de pasión» que debería latir en sus hijos.

    Crítica a la Institucionalidad: El Sedentarismo de la Cultura

    La crítica debe ser directa hacia las autoridades dedicadas a la cultura. Encontramos instituciones que operan bajo una lógica de «dádiva» y «hueso», donde la gestión cultural se reduce a libros de gobernadores y eventos para apellidos acomodados. Es una sátrapa institucional que merece la anarquía, no como caos, sino como la disolución de un orden que ya no sirve a la vida.

    Pero los creadores e intelectuales no están exentos de culpa. Muchos se han infantilizado, convirtiéndose en almas débiles que flaquean ante la prisa de la sobrevivencia. El intelectual sedentario, aquel que espera la beca o el aplauso oficial, ha olvidado que el arte es un martillo para dar forma a la realidad, no un espejo para retocarla.

    El Estridentismo como Arma contra la IA

    ¿Cómo enfrentar una realidad saturada de IA? La Inteligencia Artificial es el nuevo «andamio interior», una estructura que puede sostener nuestra creatividad o aprisionarla. El error no está en la tecnología, sino en la falta de estridencia al usarla. Si el estridentista de 1921 abrazaba la radio y el cemento armado para subvertir la academia, el artista de hoy debe usar la IA para sabotear la normalidad, para crear una Tlaxcalentópolis de la conciencia que sea ilegible para el mercado pero luminosa para el pueblo. Hacia una Estética de la Revuelta

    La libertad hacia algo distinto solo nacerá de una estética de la revuelta. Necesitamos recuperar el ideal anarquista de Praxedis G. Guerrero: la idea de que la palabra debe ser un punto rojo de fuego. Debemos arrojar nuestra obra a la lumbre de la purificación, pisotear las llamas de lo viejo y exigir una política cultural que no se base en el presupuesto, sino en la soberanía y creatividad infinita.

    Tlaxcala está sobrada de historia y engrandecimiento, pero ese ADN de esperanza ha sido puesto a dormir. Es hora de despertar el estruendo. Es hora de que el arte vuelva a ser un acto de guerra contra la indiferencia. Porque si no alzamos la voz ahora, entre el ruido de los distractores y el silencio de las instituciones, nuestra tierra pronto será cenizas y destierro.

  • Imagen cinematográfica y vanguardista que representa la protesta del artista en el museo. En el centro, un artista apasionado pisa pergaminos en llamas que contienen tipografía estridentista y formas geométricas. Un humo denso negro y ocre se eleva, revelando siluetas colosales y traslúcidas de antiguos guerreros tlaxcaltecas que parecen protegerlo. Al fondo, figuras borrosas de funcionarios elegantes se cubren la nariz con pañuelos, horrorizados. El estilo fusiona el futurismo con el muralismo mexicano, capturando un momento de revelación espiritual y purificación revolucionaria.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    El aire en el Museo de Arte de Tlaxcala no olía a barniz ni a solemnidad académica; olía a queroseno y a siglos de rabia contenida. Frente a la caterva de apellidos acomodados, funcionarios de hoyuelos olfativos finos y sonrisas de cartón, se erguía Él. No era el hombre tosco que los pasillos de la burocracia conocían, el de las palabras truncas y el insulto fácil. Esa tarde, el artista se había transmutado en un profeta de la estridencia.

    En sus manos sostenía un pergamino que era, en sí mismo, un campo de batalla. Era la síntesis gráfica del Manifiesto Estridentista: una red de líneas cinéticas, andamios interiores y gritos tipográficos que invocaban a Maples Arce, a List Arzubide y al fantasma libertario de Praxedis G. Guerrero.

    —¡He llegado a Tlaxcala a nombrarte! —vociferó, y su voz rebotó en los muros como una descarga eléctrica—. ¡Te veo hermosa y apacible, pero ya no te quiero antigua! Me revelo ante tus valores maniatados. Me importa tu incultura, Tlaxcala, porque quiero verte sangrar de pasión en tus hijos, ¡pero solo encuentro atole en sus nervaduras!

    La burguesía local, protegida por sus fragancias de importación, retrocedió un paso. El artista no hablaba; disparaba. Su léxico era una ametralladora de imágenes que rescataba a los héroes de antes de la colonia y los lanzaba contra la «platanez» absoluta de la realidad del TikTok y el Facebook.

    —¿Qué estamos haciendo, Tlaxcala? —continuó, con los ojos encendidos—. Tú, que engendraste a los héroes de esta nación, ahora eres corrompida por hacedores de hipocresía. Pertenezco a la Generación del Asterisco, la que impulsó los cambios y prefirió morir antes que dejarse absorber por la somnolencia de la sobrevivencia. ¡A mí denme un martillo y una hoz, denme el estruendo de la vida real!

    Sin previo aviso, el artista acercó una llama al pergamino. El fuego, purificador y anárquico, devoró las grafías vanguardistas en un segundo. Pero el acto no terminó ahí. En un movimiento que desafió la lógica y la gravedad, el hombre se arrojó sobre la pira que crecía en el suelo del museo.

    Sus pies, desnudos y firmes, comenzaron a pisotear los papeles ardientes. Las llamas, lejos de consumirlo, parecían revolcarse con él en una danza de comunión. Los funcionarios se taparon las narices, quejándose del «humadero tóxico» que manchaba sus trajes de lino, viendo solo un desorden sucio donde había un sacrificio sagrado.

    El Final

    A través de la densa cortina de humo negro y ocre, la mirada del artista se desprendió del presente. Ya no veía las paredes blancas del museo ni las caras de asco de los burócratas. Entre los jirones de hollín, comenzaron a materializarse siluetas colosales: eran los antiguos tlaxcaltecas, los guerreros de la República que nunca fue conquistada, los tlacuilos que pintaron la soberanía con sangre de nopal.

    Los héroes de la tierra antigua estiraban sus manos hacia él desde el fuego, reconociéndolo como uno de los suyos. El artista sonrió entre las llamas, viendo la Tlaxcalentópolis nueva, la tierra prometea donde cada hijo llevaría la gloria en el ADN de la esperanza.

    Mientras tanto, afuera, los guardias de seguridad llamaban a los bomberos, incapaces de ver que lo que se quemaba no era un papel, sino las cadenas de una ciudad que se negaba a despertar. El humo, para los poderosos, era solo contaminación; para el artista, era el velo que finalmente se levantaba para mostrar el horizonte del orgullo y la entereza.

    Invitación a la Acción:

    El arte verdadero no decora, destruye para volver a construir. ¿Crees que nuestra cultura necesita un «fuego purificador» para despertar de la somnolencia actual? Te invito a compartir tu reflexión sobre este relato y a sumarte a la Generación del Asterisco. ¡Tu pasión es el combustible de la nueva Tlaxcalentópolis!

  • Imagen conceptual e hiperrealista que simboliza la evolución del intelectual en México. En el centro, un gran libro antiguo abierto sobre un pedestal de piedra, de cuyas páginas emergen murales vibrantes que se transforman en personas reales (indígenas, trabajadores, estudiantes) construyendo un puente hacia un amanecer brillante. A la izquierda, una estructura gris y rígida que representa el pasado se desmorona, mientras a la derecha florece un paisaje dorado y abierto que simboliza la justicia y el humanismo. La escena captura la transición de la sombra del poder a la luz del compromiso social.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Desde los albores de la civilización, el poder político ha comprendido que la fuerza bruta es insuficiente para sostenerse en el tiempo. La espada puede conquistar, pero solo la palabra, la imagen y el símbolo pueden gobernar. Es en esta encrucijada donde surge una de las relaciones más complejas y paradójicas de la historia humana: el pacto entre el Estado y los creadores de cultura. Intelectuales, artistas, escritores y filósofos han sido, a lo largo de los siglos, los arquitectos invisibles de la legitimidad estatal, construyendo los andamios conceptuales y estéticos sobre los cuales se erigen los tronos y las repúblicas.

    I. El Intelectual como Arquitecto de la Hegemonía

    Esta danza entre el intelecto y el poder no es un fenómeno moderno. Ya en la Antigüedad, Platón vislumbró en La República la necesidad de fundir la sabiduría con el gobierno, postulando la figura del rey-filósofo. Sin embargo, lo que en el ideal platónico era una aspiración a la justicia, en la praxis histórica se ha transmutado frecuentemente en una sumisión del intelecto a los dictados de la autoridad.

    Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, acuñó el concepto de “intelectual orgánico” para describir a aquellos pensadores que no flotan en un éter de neutralidad, sino que están vitalmente ligados a una clase social o estructura de poder, encargándose de organizar el consenso y cimentar la hegemonía cultural. El Estado moderno descubrió que la dominación requiere persuasión, y para persuadir, necesita de las mentes brillantes capaces de articular narrativas convincentes que justifiquen el orden establecido.

    II. El Positivismo y el Neoliberalismo: El Intelectual como Técnico del Poder

    En el contexto mexicano, esta relación ha pasado por estadios definitorios. A finales del siglo XIX, el Positivismo se convirtió en la religión laica del Porfiriato. Los llamados «Científicos» no eran solo asesores, sino los guardianes de una verdad que dictaba que el «Orden y Progreso» justificaba la exclusión de las mayorías. El intelectual positivista era un técnico de la realidad que miraba a Europa mientras administraba la miseria nacional con rigor estadístico.

    Un siglo después, esta figura mutó en el intelectual neoliberal. Si el positivista servía al dictador, el neoliberal servía al mercado. La legitimidad ya no emanaba de la historia o la justicia social, sino de la eficiencia y el dogma económico. Surgió una élite de pensadores tecnócratas que, bajo el disfraz de la objetividad académica, legitimaron el desmantelamiento del Estado y la entrega de lo público a intereses privados. Como advirtió Julien Benda en La traición de los intelectuales, estos pensadores abandonaron su vocación universalista para convertirse en clérigos de una ideología —en este caso, la del capital— que se presentaba como el «fin de la historia».

    III. La Ruptura y el Humanismo Mexicano: Hacia el Intelectual Comprometido

    Frente a la «razón cínica» del periodo neoliberal, el panorama actual en México propone una ruptura fundamental a través del Humanismo Mexicano. Esta filosofía política, que coloca al ser humano en el centro y prioriza el bienestar de los desfavorecidos, exige un nuevo tipo de intelectual.

    Inspirados en las voces de la izquierda actual y en pensadores como Enrique Dussel, quien aboga por una «filosofía de la liberación», el intelectual de hoy ya no puede ser el espectador cínico de la tragedia nacional. El Humanismo Mexicano recupera la tradición del muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros —quienes fueron los pedagogos visuales de una nación renacida— pero le añade una dimensión ética contemporánea: la de acompañar al pueblo en su toma de conciencia.

    Gobernar hoy, bajo los principios de «no robar, no mentir y no traicionar», implica que el intelectual debe ser un puente, no un muro. Ya no se trata de legitimar el poder desde la torre de marfil, sino de dotar de herramientas críticas a la ciudadanía para que sea ella quien ejerza su soberanía. La «estetización de la política» que denunciaba Walter Benjamin en los totalitarismos es sustituida aquí por una politización de la ética, donde el arte y el pensamiento son instrumentos de liberación, no de domesticación.

    IV. Conclusión: El Sembrador de Dudas en el Amanecer de una Era

    La historia nos enseña que el poder siempre buscará domesticar al talento. Sin embargo, en este momento de transformación, la verdadera vocación del intelectual, como sugería Norberto Bobbio, no es la de proveer certezas dogmáticas, sino la de ser un “sembrador de dudas” que invite a la reflexión profunda.

    La resistencia de los creadores hoy radica en negarse a ser el coro obediente de las viejas élites o de los nuevos dogmas, manteniendo viva la llama de la crítica independiente. El reto es transitar del intelectual que administraba el «orden» hacia el intelectual que participa en la construcción de la justicia. Solo así, el pensamiento mexicano dejará de ser una sombra del poder para convertirse en la luz que guíe la construcción de una patria más humana, digna y soberana.

    Invitación a la Acción:

    El papel del pensamiento es transformar la realidad, no solo interpretarla. ¿Crees que los intelectuales de hoy están cumpliendo con su compromiso social o siguen atrapados en las viejas estructuras del poder? Te invito a compartir tu reflexión y a sumarte a este debate sobre el futuro de nuestra conciencia nacional. ¡Tu voz es el motor de la verdadera transformación!

  • Imagen artística e hiperrealista de un artista mexicano de avanzada edad (Teódulo Rómulo) con una expresión digna y resuelta frente a un edificio colonial al atardecer. En primer plano, un fuego consume simbólicamente un lienzo, con chispas danzando en el aire. La iluminación cálida del fuego destaca su rostro curtido y su vestimenta tradicional, mientras el fondo muestra la silueta del museo bajo un cielo crepuscular. La escena captura el 'fuego de la dignidad' como una poderosa metáfora de la protesta artística y el sacrificio por el respeto institucional.

    Ensayo sobre la dignidad y entereza del artista Teódulo Rómulo tras su protesta en el Museo de Arte de Tlaxcala. Un llamado al respeto institucional por los creadores.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Hay un momento en la vida de todo creador en el que la obra deja de pertenecerle para ser del mundo. Pero ¿qué sucede cuando el mundo —o peor aún, las instituciones que deberían resguardarlo— responde con indiferencia? El 23 de abril de 2026, el Museo de Arte de Tlaxcala (MAT) fue testigo de una respuesta contundente a esta interrogante. Teódulo Rómulo, a sus 83 años de edad y con seis décadas de impecable trayectoria a cuestas, encendió una llama que iluminó mucho más que los muros del recinto: quemó sus propias obras en un acto de protesta que nos sacude hasta los cimientos.

    Nacido en 1943 en San Bartolomé Matlalohcan, municipio de Tetla, Tlaxcala, Rómulo no es un improvisado en las lides de la adversidad. Creció conociendo el rostro más crudo de la pobreza, trabajando en las ladrilleras desde los diez años, forjando su carácter entre el barro, el sudor y el calor de los hornos. Esa misma fuerza lo llevó a las aulas de la Academia de San Carlos y, más tarde, a cruzar el océano para perfeccionar su técnica en el prestigioso Atelier 17 de París. Con una Medalla de Plata en Bourges, el Premio Nichido en la capital francesa y los elogios de gigantes como Carlos Pellicer y Carlos Fuentes, su obra ha trascendido fronteras en más de ciento cincuenta exposiciones internacionales.

    Y, sin embargo, la entereza de este hombre de raíces profundas nos demuestra que el éxito no anestesia la conciencia. A sus 83 años, Rómulo sigue exigiendo respeto. Su protesta en el MAT no fue un arrebato fugaz ni el berrinche de un ego herido; fue el grito de dignidad de un artista que se niega a aceptar el menosprecio institucional. Porque el respeto hacia los creadores plásticos no se agota en cederles un espacio con paredes blancas. Exponer sin el acompañamiento de un catálogo digno, sin una semblanza que contextualice el peso de una vida dedicada al arte y sin la difusión que la obra merece, es otra forma —quizás más sutil, pero igualmente dolorosa— de invisibilización.

    Resulta una paradoja amarga, casi trágica, que haya sido precisamente Teódulo Rómulo una de las piezas clave para la fundación del Museo de Arte de Tlaxcala, el mismo recinto que hoy le regatea el trato que su envergadura exige. Ya en 2019, congruente con sus principios, había retirado sus piezas de ese mismo museo ante la desorganización y la falta de garantías. Y años atrás, en la Plaza Loreto de la Ciudad de México, también había recurrido al fuego purificador para denunciar la precariedad del gremio.

    Cuando un artista quema su propia obra, el fuego se convierte en la metáfora definitiva: está declarando que prefiere la ceniza, la nada absoluta, antes que la fría indiferencia. Es un acto de inmolación donde la pieza perece para que el mensaje sobreviva.

    Este gesto radical de Teódulo Rómulo no le pertenece solo a él. Es la voz de todos aquellos artistas que, a lo largo de nuestra historia, han enfrentado el desdén o el olvido. Nos obliga a mirar hacia atrás y conectar este clamor con la herencia de otros grandes maestros tlaxcaltecas que hemos abordado en este espacio. Pensemos en la monumentalidad de Desiderio Hernández Xochitiotzin, en la maestría escultórica de Cutberto Escalante y Federico Silva; en la visión de Samuel Ahuactzin, Abel Montiel y Hermenegildo Sosa; en la sensibilidad del maestro Pedro Avelino y en la fuerza expresiva de Galdina Galicia. Todos ellos, junto a muchos otros, han construido la identidad plástica de nuestra tierra y, al igual que Rómulo, merecen un reconocimiento que trascienda el aplauso efímero.

    La dignidad del creador es innegociable. El acto de Teódulo Rómulo debe leerse como un llamado urgente y necesario a las instituciones culturales de Tlaxcala y de todo el país. Es imperativo que comprendan que los artistas no son meros proveedores de decoración para sus agendas oficiales, sino los pilares sobre los que se sostiene la memoria y el espíritu de nuestro pueblo.

    Tratar a nuestros artistas con la dignidad que merecen es, en última instancia, respetarnos a nosotros mismos. Que el fuego encendido por Teódulo Rómulo no se apague en el anecdotario; que sus cenizas sirvan para abonar un terreno donde el arte, por fin, florezca al amparo del respeto verdadero.

    Invitación a la Acción:

    El arte es el fuego que mantiene viva la conciencia de un pueblo. ¿Crees que las instituciones culturales están a la altura del talento de nuestros artistas? Te invito a compartir tu opinión y a sumarte a este reconocimiento a la entereza de Teódulo Rómulo. ¡Tu voz es parte de la llama que exige dignidad para nuestra cultura!

  • Imagen poética e hiperrealista de un escritorio de madera noble en un estudio bañado por una luz dorada y suave. Sobre el escritorio, el Tomo VII de las Obras Completas de Octavio Paz está abierto en la página 147. Una pluma estilográfica descansa junto al libro sobre un cuaderno de piel. A través de la ventana se ve un jardín sereno que evoca la atmósfera de 'Libertad bajo palabra'. La escena captura el silencio profundo, la densidad intelectual y la presencia viva del autor a través de sus palabras.

    Una semblanza personal y literaria sobre la muerte de Octavio Paz y la trascendencia de su obra, reflexionando sobre el papel del lector en la inmortalidad del autor.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Detengo mi lectura en la página 147. El capítulo aborda la obra de Marcel Duchamp: pintor-poeta, cimentador del arte contemporáneo, el hombre que nos enseñó que la mirada es, en sí misma, un acto de creación. Este tomo lleva por título Los privilegios de la vista I ; es el volumen número siete de las Obras Completas de Octavio Paz. A estas alturas, recorrió los tomos anteriores como quien atraviesa un continente desconocido, cartografiando el pensamiento de un hombre que hizo de la palabra su única patria.

    Mi lectura es detenida por el estremecimiento. No es un sobresalto literario, sino el sacudimiento seco de la realidad al saber que Octavio Paz ha muerto.Es lo que ha transcurrido de este año: el tiempo dedicado a Octavio Paz. Su obra completa, ese monumento de papel y tinta, es algo que solo algunos conocen, pero que otros, como yo, nos dedicamos a reconocer . Reconocer no es solo saber que existe; es admitir que su voz no tiene comparación en la historia literaria de México y que su alcance es de un reconocimiento universal indiscutible. Me atrevo a hablar de paz porque lo conozco desde la intimidad del silencio; he dedicado meses enteros a escucharlo, no para diseccionar títulos o temas particulares, sino para entender la simbiosis sagrada entre la obra, el autor y su lector —es decir, yo—.

    Casi siempre, cuando suceden cosas como esta —la muerte de una personalidad de tal estatura—, los medios de comunicación, los críticos y los aficionados de ocasión se enfrascan en una carrera frenética para ver quién dice más o quién lanza las flores más vistosas sobre su tumba. Yo me excluyo de ese desfile. No por falta de respeto a una pérdida que considero irrecuperable e insustituible, sino porque, vivo o muerto, yo seguiré aprendiendo de su obra.

    Seguramente en los meses siguientes habré terminado de leer sus obras completas. No sé realmente cuánto enriquecerán mis propios escritos, pero mis textos, especialmente los de ensayo, ya portan algo del ADN de Octavio Paz: esa búsqueda de la claridad en la contradicción, ese rigor en la duda. De su obra poética, me gustaría decir lo mismo, pero él fue único; Fue el López Velarde, el Darío, el Neruda, el Whitman y el Whitman de nuestro tiempo, todo en una sola voz que supo ser vanguardia y tradición al mismo tiempo.Para los autores, la mayor recompensa es que su voz se siga escuchando después de muertos. Yo le hago esa justicia mínima y necesaria. Sin hacer una pausa más, sin permitir que el silencio de la tumba interrumpa el diálogo de la inteligencia, continúa mi lectura en la página 148 del tomo siete de las Obras Completas de Octavio Paz. Porque la verdadera inmortalidad no está en el mármol de las estatuas, sino en la página que un lector, en cualquier rincón del mundo, se niega a cerrar.

    Invitación a la Acción:

    La lectura de un autor es un diálogo que ni siquiera la muerte puede interrumpir. ¿Cuál es ese libro o autor que te ha acompañado en los momentos de silencio y cuya voz sigues escuchando hoy? Te invitamos a compartir tu experiencia en los comentarios ya unirte a nuestra comunidad para seguir celebrando la vida a través de las letras. ¡Tu lectura es la que mantiene viva la llama del pensamiento

    Referencias

    •Paz, O. (1994). Obras Completas VII: Los privilegios de la vista I. Fondo de Cultura Económica.

    •Sánchez Quintana, E. (1998). Los duelos de las letras de México en el fin del milenio. (Texto original renovado).

    •Fundación Octavio Paz. «Vida y Obra del Nobel Mexicano».

  • Imagen conceptual e hiperrealista que simboliza la transparencia urbana en Tlaxcala. Un plano arquitectónico digital y traslúcido en color azul se superpone a una vista real del centro histórico de Tlaxcala con sus iglesias coloniales y el volcán al fondo. Una mano sostiene una tablet transparente que muestra gráficos y datos del proyecto, representando el gobierno abierto y la planeación profesional. La iluminación clara y optimista evoca una visión de futuro basada en la honestidad y la participación ciudadana.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    En Tlaxcala, como en casi todo el país, la discusión pública sobre la obra suele nublarse por un hábito viejo: creer que todo proyecto gubernamental debe juzgarse en bloque, como si solo hubiera dos opciones posibles, aplaudir sin reservas o condenar sin matices. Pero la realidad urbana rara vez cabe en ese simplismo. Las ciudades, las zonas metropolitanas y los corredores de desarrollo no se construyen únicamente con concreto, presupuestos y maquinaria; también se construyen con confianza pública, con información verificable y con la sensación de que aquello que se anuncia tiene detrás un expediente tan sólido como su discurso. Ese es, precisamente, el punto de partida para mirar hoy a Tlaxcala: no desde la descalificación automática, sino desde una exigencia más adulta y más democrática.

    Decir que Tlaxcala carece de visión urbana de largo plazo sería, a la luz de los documentos disponibles, una afirmación injusta. Lo que existe no es un vacío, sino una arquitectura de planeación dispersa, a veces poco visible para la ciudadanía común, pero real. La evidencia más contundente es el Programa de Ordenación de la Zona Metropolitana Tlaxcala-Apizaco, entregado por la SEDATU en 2020 para 19 municipios, alrededor de 60 mil hectáreas, cerca de 600 mil habitantes y con una visión a 2040. A ello se suma el Programa Metropolitano Puebla-Tlaxcala, presentado en 2023 para una región de 39 municipios y 3.2 millones de habitantes, con estrategias sobre movilidad, residuos, saneamiento y organización policéntrica del territorio. No son papeles menores: son, en rigor, la prueba de que Tlaxcala sí está pensándose en clave metropolitana y más allá del calendario sexenal.

    “El instrumento contempla una visión a 2040 y permitirá establecer una ruta integral para el crecimiento urbano, la movilidad, el medio ambiente y el desarrollo económico de la zona metropolitana”.

    Esa frase, proveniente de la autoridad federal, vale más que muchos discursos de coyuntura. Y si se le añade el Convenio Marco de Coordinación publicado en el Diario Oficial de la Federación en septiembre de 2022, mediante el cual SEDATU, el gobierno estatal y municipios tlaxcaltecas acuerdan impulsar el ordenamiento territorial y la planeación urbana, el mapa se aclara todavía más: hay una continuidad institucional que rebasa la improvisación y que intenta amarrar, al menos en el plano normativo, una agenda común. El Plan Estatal de Desarrollo 2021-2027 completa ese andamiaje como instrumento sexenal de gobierno. En otras palabras, Tlaxcala sí tiene una visión; el problema no es la inexistencia del rumbo, sino la manera irregular en que ese rumbo se traduce a la conversación pública.

    Instrumento o proyectoEscalaDato decisivoLo que revela
    Programa de Ordenación Metropolitana Tlaxcala-ApizacoRegional19 municipios, 60 mil hectáreas, 600 mil habitantes, visión 2040Existe planeación urbana de largo plazo para el corazón territorial del estado.
    Programa Metropolitano Puebla-TlaxcalaInterestatal39 municipios, 3.2 millones de habitantesTlaxcala se piensa también en relación con Puebla y no solo dentro de sus límites administrativos.
    Convenio Marco de Coordinación en el DOFIntergubernamentalfederación-estado-municipiosLa agenda urbana tiene respaldo institucional y no depende de una sola oficina.
    Plan Estatal de Desarrollo 2021-2027EstatalMarco programático del sexenioLa planeación existe, pero necesita volverse legible para la ciudadanía.

    Cuando esa mirada macro se aterriza en los proyectos en marcha, la hipótesis se confirma. El Distribuidor Vial Santa Ana, con una inversión de 500 millones de pesos, no es una obra ornamental: está diseñado para aliviar un nodo histórico de congestión y reducir hasta 30 minutos los traslados en el corredor Tlaxcala-Puebla. El nuevo Hospital General Regional del IMSS en San Esteban Tizatlán, con 180 camas, responde al crecimiento de la población derechohabiente y reorganiza territorialmente la atención médica de alta complejidad. La llamada Ciudad de la Cultura y el Entretenimiento, entre Amaxac y Yauhquemehcan, se anunció con 146 millones de pesos, no solo como equipamiento cultural, sino como detonador de desarrollo regional. En Huamantla, el PODECOBI —127 hectáreas, 100 millones de dólares y más de 3 mil empleos— proyecta una transformación que ya no puede leerse solo en clave industrial, porque incorpora vivienda, servicios, escuelas, agua y transporte.

    A esa cadena deben añadirse la Central de Abasto en Huamantla, pensada como pieza de articulación comercial para el oriente del estado; la Ciudad de la Inclusión en el antiguo Hospital General, como reutilización social de infraestructura pública; y el propio Parque de la Juventud, o Ciudad de la Juventud, cuya inversión pública se defendió en una versión de 22.8 millones de pesos, aunque su ejecución fue posteriormente reprogramada. Quien mire este conjunto con honestidad intelectual tendrá que aceptar algo elemental: sí hay proyectos importantes y necesarios. Sería mezquino negarlo. Hay movilidad, salud, cultura, inclusión, logística y equipamiento regional. Hay, por tanto, obra con sentido territorial.

    ProyectoCifra principalEscala del impactoFuente principal
    Distribuidor Vial Santa Ana500 mdpCorredor Tlaxcala-Puebla; reducción de hasta 30 minutos de trasladoSEDECO / SI
    Hospital General Regional IMSS180 camasReorganización sanitaria regionalIMSS / Bienestar
    Ciudad de la Cultura y el Entretenimiento146 mdpNueva centralidad cultural entre Amaxac y YauhquemehcanSC / SI
    PODECOBI Huamantla127 ha, 100 mdd, 3 mil empleosPlataforma de urbanización y desarrollo económicoSEDECO
    Central de Abasto de HuamantlaProyecto regional de abastecimientoArticulación comercial y productivaSEDECO
    Ciudad de la InclusiónReutilización del antiguo hospitalInfraestructura social accesibleBienestar
    Parque/Ciudad de la Juventud22.8 mdp, reprogramadoEquipamiento juvenil y recreativo en la capitalSI / SEJUVE

    Sin embargo, la pregunta decisiva no es si Tlaxcala tiene o no tiene proyectos. La pregunta decisiva es cómo los comunica, cómo los legitima y en qué momento hace públicos sus soportes técnicos. Ahí es donde el caso del Parque de la Juventud se vuelve ejemplar, no porque sea el más grande de todos, sino porque concentra, como en una gota de agua, las tensiones de la nueva gobernabilidad: el desfase entre la intención de hacer obra y la obligación democrática de explicarla bien.

    El proyecto fue presentado públicamente en octubre de 2023, en una narrativa ambiciosa que hablaba de una Ciudad de la Juventud y de una inversión total de 116,000,000.00 pesos en dos etapas. La idea estaba cargada de símbolos contemporáneos: deporte, convivencia, accesibilidad, sustentabilidad, reforestación, captación pluvial, jardines de lluvia. En el papel promocional, sonaba a renovación integral. En el terreno político, sin embargo, nació con una falla de origen: entró al debate público sin que la ciudadanía pudiera verificar, desde el principio, el estado real de los permisos ambientales federales.

    El 14 de noviembre de 2023, cuando la discusión ya había escalado, el secretario estatal de Medio Ambiente reconoció que la obra “aún no cuenta con los permisos federales necesarios para su ejecución”. Esa declaración es más que un dato: es una escena política. Significa que el proyecto se anunció primero y explicó después; que el expediente llegó tarde al debate; que la pedagogía pública ocurrió cuando la protesta ya estaba encendida. Y cuando un gobierno se ve obligado a aclarar a mitad del incendio lo que debió transparentar antes de encender el cerillo, el problema deja de ser técnico y se vuelve un problema de credibilidad.

    Las semanas siguientes profundizaron esa percepción. El 14 de noviembre de 2023, el colectivo Salvemos al Parque de la Juventud denunció que no se les había entregado el proyecto ejecutivo, los estudios ambientales, la metodología y resultados de la consulta, ni los permisos. El 23 de noviembre, el secretario de Infraestructura sostuvo que la obra se realizaría cuando se contara con todos los permisos y añadió que los estudios ambientales y técnicos ya se habían entregado y estaban en espera de respuesta. La cronología es reveladora: los estudios aparecieron en la conversación pública durante la protesta, no antes de ella. Eso no es un detalle administrativo; es el centro del conflicto. Un estudio que llega tarde, aunque exista, pierde parte de su capacidad de generar confianza.

    También fue problemática la manera en que el proyecto cambió de forma frente a la ciudadanía. En su versión inicial se habló de una alberca olímpica y de un “Edificio Administrativo y de Servicios para la Secretaría de la Juventud”. Más tarde, la alberca fue descartada; el estanque también salió de la defensa oficial más reciente; y el componente administrativo ligado al aparato de juventud se volvió difuso, hasta quedar desdibujado en el expediente público accesible. No es que un proyecto no pueda modificarse: todo proyecto serio se corrige. Lo grave es que esos ajustes no hayan venido acompañados de una explicación pública integral, comparativa y pedagógica. En la conversación social quedó la impresión de un diseño movedizo, no de una planeación afinada.

    A esa opacidad parcial se sumó una contradicción difícil de digerir para cualquier observador razonable. Mientras públicamente se hablaba de una obra “en etapa de licitación” el 23 de octubre de 2023, reportes periodísticos posteriores identificaron que ese mismo día se habría pagado un anticipo de 34,941,121.22 pesos, equivalente al 30% de la primera etapa, a la empresa Infraestructura Saggezza, bajo el contrato SI/INFRA-2023/11-01. Si la información es correcta, la cronología administrativa quedó mucho más adelantada que la cronología de la comunicación pública. Y cuando el dinero corre más rápido que la explicación, la sospecha ocupa el sitio de la confianza.

    El desajuste se agravó todavía más con el presupuesto. El proyecto originalmente publicitado en 116 millones de pesos terminó siendo defendido después como una intervención de 22.8 millones, sin que mediara una justificación pública, clara y exhaustiva sobre el recorte, el cambio de alcance o la reformulación técnica. La pregunta ciudadana era elemental: si antes costaba una cantidad y después otra muy distinta, ¿qué se quitó, por qué se quitó, quién lo decidió y en qué documento puede verse ese ajuste? Cuando la respuesta no llega en forma de expediente abierto, cada rumor comienza a parecerle verosímil a alguien.

    Ni siquiera la apelación a la participación logró cerrar la herida. La narrativa oficial quiso sostener que el proyecto tenía respaldo social, y en enero de 2024 se difundió una encuesta con 105,000 respuestas. La cifra fue cuestionada metodológicamente por la prensa crítica debido a la falta de controles claros y a su desproporción con la población usuaria del parque e incluso con los tamaños de referencia locales. En vez de fortalecer la legitimidad, la encuesta abrió otra grieta. La participación no puede ser solo abundancia numérica; debe ser también trazabilidad metodológica. De otro modo, la consulta parece propaganda con disfraz estadístico.

    Todo esto permite formular la tesis central con la serenidad que el debate merece. No se trata de atacar al gobierno de la 4T en Tlaxcala. Tampoco de negar que existan obras necesarias, ni de reducir toda política pública a una caricatura oposicionista. Sería intelectualmente pobre y políticamente estéril. La tesis es otra: si este gobierno quiere estar a la altura de sus propios principios, ya no puede gobernar como se gobernaba antes. La promesa ética de la transformación —no robar, no mentir y no traicionar— no puede quedarse en el terreno del lema; tiene que convertirse en método administrativo visible.

    Eso significa que cada gran proyecto debería nacer ante la ciudadanía con una carpeta mínima abierta: presupuesto total y por etapas; licitación o fundamento de contratación; empresas participantes y empresa ganadora; calendario de obra; dependencias responsables; permisos requeridos y permisos obtenidos; estudios ambientales y técnicos; versión comparativa del proyecto en caso de ajustes; y mecanismos de participación con metodología comprobable. No porque la ciudadanía sea enemiga de la obra, sino porque una sociedad más informada es, también, una sociedad más capaz de defender los proyectos que sí están bien hechos.

    El Parque de la Juventud deja una lección severa: la comunicación gubernamental fue reactiva, no preventiva. El gobierno salió a explicar cuando ya estaba siendo impugnado; salió a prometer diálogo cuando el expediente ya se sentía opaco; salió a decir que no habría tala cuando la conversación social ya no giraba solo en torno a los árboles, sino en torno a la confianza. Y la confianza, una vez fisurada, no se repara con boletines aislados ni con frases de ocasión. Se repara con consistencia documental, con cronologías limpias y con la humildad institucional de decir: esto es lo que sabemos, esto es lo que falta y esto es lo que vamos a corregir.

    Hay, por lo tanto, una salida. Tlaxcala puede convertir este episodio en una corrección de rumbo. Puede demostrar que la planeación de largo plazo y la transparencia cotidiana no son rivales, sino aliadas. Puede hacer del urbanismo no solo una práctica técnica, sino una pedagogía pública. Y puede entender que la ciudadanía no exige perfección absoluta, sino franqueza, coherencia y datos verificables. Un gobierno que comunica de frente no se debilita: se blinda moralmente.

    Al final, toda obra pública busca transformar un espacio; pero toda buena política pública debe transformar, además, la relación entre autoridad y sociedad. Tlaxcala necesita distribuidores viales, hospitales, polos de desarrollo, infraestructura cultural, espacios de inclusión y parques dignos. Pero necesita, con la misma urgencia, creer en la palabra de sus autoridades. Para eso no bastan los anuncios ni los renders. Hace falta una nueva disciplina del servicio público: explicar antes, documentar mejor, reconocer a tiempo, corregir sin soberbia. Solo así el eslogan que ha marcado a la 4T —“no robar, no mentir y no traicionar al pueblo de Tlaxcala”— dejará de ser una consigna de atril para convertirse en la frente visible de cada funcionario.

    Invitación a la Acción:

    El urbanismo es el espejo de nuestra democracia. ¿Crees que la transparencia en la obra pública es el camino para recuperar la confianza en nuestras instituciones? Te invito a compartir tu opinión y a sumarte a esta exigencia de una gobernabilidad más abierta y participativa para Tlaxcala. ¡Tu voz es el cimiento de nuestra ciudad!

    Referencias

    •SEDATU. (2020). Programa de Ordenación de la Zona Metropolitana Tlaxcala-Apizaco.

    •SEDATU / Gobierno de Tlaxcala / Gobierno de Puebla. (2023). Programa Metropolitano Puebla-Tlaxcala.

    •Diario Oficial de la Federación (DOF). (2022). Convenio Marco de Coordinación SEDATU-Tlaxcala.

    •Gobierno del Estado de Tlaxcala. Plan Estatal de Desarrollo 2021-2027.

    •Secretaría de Infraestructura (SI). Expedientes de Obra Pública 2023-2024.

    •Colectivo Salvemos al Parque de la Juventud. Comunicados y peticiones de transparencia.

    •Reportes periodísticos locales y nacionales (La Jornada de Oriente, El Sol de Tlaxcala, Urbano).

  • Imagen profesional y cinematográfica que representa la unificación de las fuerzas de seguridad en Tlaxcala. Tres oficiales (Marina, Guardia Nacional y Policía Municipal) posan juntos con profesionalismo frente a una patrulla moderna en la Plaza de la Constitución. La escena simboliza la confianza, la coordinación interinstitucional y el fortalecimiento de la seguridad pública bajo un enfoque de dignidad y servicio.

    Una propuesta integral para transformar la seguridad en Tlaxcala: dignificación laboral, seguros de vida para policías y una estrategia unificada con fuerzas federales.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Tlaxcala presenta una paradoja estadística: mientras los datos oficiales del SESNSP la sitúan consistentemente entre las entidades con menor incidencia delictiva del país, la percepción de inseguridad ciudadana (ENVIPE) se mantiene por encima de los medios nacionales. Esta brecha no es casual; es el resultado de una crisis de confianza en las instituciones locales, especialmente en las policías municipales, que operan en condiciones de precariedad estructural.

    La seguridad no se garantiza solo con patrullajes; se construye con instituciones sólidas, profesionales y dignas . A continuación, presentamos una propuesta técnica para enfrentar los tres problemas nodales detectados: la percepción social, la certificación municipal y la falta de seguridad social para la policía.

    I. Estrategia de Percepción Unificada: «Un Solo Frente por Tlaxcala»

    El Problema: La ciudadanía confía plenamente en la Marina (89%) y la Guardia Nacional (84%), pero desconfía de la policía municipal (44%). Esta fragmentación genera una sensación de desprotección cuando no se ve a las fuerzas federales.

    La Propuesta:

    1. Convenio de Colaboración Interinstitucional: Formalizar patrullajes conjuntos permanentes donde la Marina y la Guardia Nacional acompañen a las policías municipales en zonas de alta incidencia. El objetivo no es solo operativo, sino de transferencia de prestigio .

    2. Identidad Visual y Comunicación Social: Lanzar una campaña en redes sociales y medios físicos bajo el lema «Un Solo Frente». Que la ciudadanía vea que no son corporaciones aisladas, sino un sistema unificado. La visibilización de conjuntos operativos elevará la percepción de capacidad de respuesta.

    3. Módulos de Proximidad Compartidos: Instalar puntos de atención ciudadana donde convivan elementos de las tres órdenes de gobierno, humanizando la figura del policía local al lado de las instituciones más respetadas.

    II. Plan de Certificación y Dignificación Municipal

    El Problema: Tlaxcala tiene un déficit crítico de Certificado Único Policial (CUP) en el ámbito municipal (solo 38% frente al 54% nacional). Los policías a menudo deben pagar sus propios uniformes, equipo y mantenimiento de patrullas, con salarios que no incentivan la profesionalización.

    La Propuesta:

    1. Subsidio Estatal para Equipamiento Básico: Prohibir por ley que la policía municipal costee sus insumos. El Estado debe garantizar, mediante un fondo revolvente, la entrega anual de dos uniformes completos, arneses, carrilleras y equipo de protección balística certificado.

    2. Bono de Certificación: Implementar un incentivo salarial directo e intransferible para cada elemento que obtenga su CUP. La certificación debe traducirse en una mejora inmediata en la calidad de vida del oficial.

    3. Mantenimiento Centralizado: Crear talleres regionales de mantenimiento para patrullas municipales, financiados por el FASP, para evitar que la policía deba «meterle dinero» a su herramienta de trabajo.

    III. Blindaje Social: El Seguro de Vida Obligatorio

    El Problema: Solo 9 de los 60 municipios de Tlaxcala cuentan con seguro de vida para sus policías. Es irracional pedirle a un ciudadano que «exponga el pellejo» por la seguridad pública si su familia quedará en el desamparo en caso de tragedia.

    La Propuesta:

    1. Seguro de Vida Colectivo Estatal: El Gobierno del Estado debe contratar una póliza de seguro de vida y gastos médicos mayores colectivas que cubre a todos los policías municipales certificados del estado. Al ser una contratación masiva, los costos se reducen y se garantiza una cobertura uniforme.

    2. Convenio de Prestaciones Mínimas: Condicionar la entrega de participaciones estatales de seguridad a que los ayuntamientos garanticen, al menos, dos periodos vacacionales pagados y seguridad social (IMSS o ISSSTE) para sus elementos.

    3. Fondo de Becas para Hijos de Policías: Crear un programa de becas de estudio para los hijos de elementos caídos en cumplimiento de su deber, asegurando que el sacrificio del policía tenga una respuesta de gratitud institucional permanente.

    Conclusión: De la Estadística a la Realidad

    Tlaxcala tiene la oportunidad histórica de convertirse en el modelo nacional de seguridad ciudadana. No basta con ser el estado con «menos delitos»; Debemos ser el estado con la mejor policía . Dignificar al funcionario municipal es el primer paso para cerrar la brecha de percepción y construir una paz duradera basada en el respeto mutuo entre la sociedad y sus protectores.

    La seguridad no es un gasto, es la inversión más rentable para la soberanía y el engrandecimiento de nuestro pueblo.

    Invitación a la Acción:

    Una policía digna es el reflejo de una sociedad que se respeta a sí misma. ¿Qué cambio consideras más urgente para que confíes plenamente en tu policía local? Te invitamos a compartir tu opinión ya sumarte a esta propuesta por una Tlaxcala más segura y justa para todos. ¡Tu seguridad es nuestra prioridad!

  • Imagen nostálgica y cinematográfica en blanco y negro de una calle de Tlaxcala en los años 70 al amanecer. Una densa neblina cubre el pavimento y los edificios coloniales. En primer plano, una mujer anciana y menuda (Doña Marcelita) con el rostro arrugado carga un fajo de periódicos, acompañada por un perro fiel (Pulgoso). Al fondo, las siluetas borrosas de tres niños corriendo con periódicos bajo el brazo, con el vaho de su respiración visible en el aire frío. La escena captura la esencia de un oficio perdido y la melancolía de una época pasada.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Muchos dirán que Doña Marcelita, «La Lagartija», era un personaje amoroso y entrañable. La memoria oficial, esa que se cincela en bronce y se guarda en cápsulas del tiempo, suele suavizar las aristas de la realidad para convertir a los seres humanos en postales de nostalgia. Pero para mí, que andorreaba de chamaco por las calles de Tlaxcala en la década de los 70, la verdad tenía otro sabor: el sabor del frío en las manos, el peso del papel periódico y el recelo de un oficio que no admitía debilidades.

    I. La Parvada de la Niebla

    Corría una época en la que Tlaxcala no se despertaba con alarmas digitales, sino con el eco de nuestros gritos. Yo era un chamaco de ocho o nueve años, parte de una familia numerosa donde los recursos escaseaban y la necesidad sobraba. Cursaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata —esa que en la tarde se convertía en la Manuel Altamirano y que hoy, tristemente, agoniza bajo la amenaza de la demolición—.

    Mi jornada comenzaba antes de que el sol se atreviera a clarear. La ciudad era entonces un sudario de neblina espesa que bajaba de los cerros y se instalaba en las calles como una presencia física. A esa hora, cuando la «gente de bien» aún se arropaba en sus cobijas, nosotros, la parvada de chamacos gritones, corríamos hacia el centro de distribución del periódico El Sol de Tlaxcala, en la calle Independencia.

    En ese entonces, El Sol era por antonomasia el diario; no había otro. Y nosotros éramos sus pulmones. ¡El Soooool, el soooool, el soooool!, gritábamos por las amplias calles, rompiendo el silencio de una capital que parecía detenida en el tiempo.

    II. La Dueña del Territorio

    Fue allí donde conocí a Doña Marcelita. La investigación dice que se llamaba Marcelina Méndez y que venía de San Esteban Tizatlán, pero para nosotros era simplemente la dueña de la calle. Era una mujer menuda, un poco jorobada, con la piel tostada y una abundancia de arrugas que parecían surcos labrados por el mismo sol que vendía. Tenía pocos dientes, pero una voluntad de hierro y un recelo absoluto por su bolsillo.

    Marcelita no era la «viejecita dulce» de los cuentos. Era una trabajadora curtida que nos regañaba si invadíamos sus zonas. Ella ya tenía su clientela fija, sus esquinas ganadas a pulso de años de constancia. A nosotros nos dejaba las calles aledañas, aquellas de poco mercado, donde solo la gritadera y la insistencia nos permitían vender algún ejemplar.

    Caminaba siempre con un perro que era su sombra: el famoso «Pulgoso». Mientras ella acomodaba con agilidad los fajos de las distintas secciones del diario, el perro se echaba cerca, vigilante, esperando la señal para iniciar la venta pronta y ágil. Años después, la vi entrar a las oficinas del periódico con una confianza que solo da la jerarquía del oficio; directores y periodistas la conocían y la respetaban. Ella era, en efecto, el último eslabón —y quizás el más fuerte— de la cadena del periodismo.

    III. El Silencio de Antaño

    Hoy, esa época no puede recordarse de otra forma más que por la imagen de Doña Marcelita y su perro. Pero mi memoria va más allá de la estatua que hoy descansa en el Parque de la Juventud, lejos de su zócalo original. Mi memoria se queda en esas mañanas de neblina, donde el vaho de nuestra respiración se mezclaba con el olor a tinta fresca.

    Esos niños gritones, que trabajábamos mientras la ciudad dormía, hemos dejado de existir. Fuimos una generación que aprendió el valor de la moneda y la dureza del asfalto antes de terminar la primaria. Ahora, ese Tlaxcala de calles vacías y voceadores infantiles ha quedado sepultado bajo el ruido de la modernidad y la demolición de los edificios que nos vieron crecer.

    Doña Marcelita, «La Lagartija», no fue solo una mujer que vendía periódicos. Fue el testimonio vivo de una Tlaxcala que sabía que la historia se escribe todos los días, a mano, y se reparte a gritos antes de que salga el sol. Que estas palabras sirvan para que, aunque los edificios caigan, el eco de aquel grito —¡El Soooool!— siga resonando en la memoria de quienes alguna vez fuimos parte de la parvada de la niebla.

    Invitación a la Acción:

    Los personajes populares son los verdaderos guardianes de la identidad de una ciudad. ¿Recuerdas a Doña Marcelita o a los niños voceadores de tu infancia? Te invito a compartir tu anécdota en los comentarios y a no permitir que el olvido demuela nuestra historia compartida. ¡Tu recuerdo es el sol que ilumina nuestro pasado!

  • Imagen épica e hiperrealista que conmemora los 500 años de Tlaxcala. En el centro, un encuentro digno entre los señores de Tlaxcala (tecuhtli) con sus majestuosos trajes de plumas y figuras españolas como Hernán Cortés y La Malinche. Los señores tlaxcaltecas muestran una postura de soberanía e inteligencia estratégica. Al fondo, los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl bajo un cielo dorado de amanecer. La composición simboliza el nacimiento de una nueva era y el papel fundacional de Tlaxcala en la historia de la nación.

    Por Edgar Sánchez Quintana

    Hay pueblos que miden el tiempo con calendarios y hay pueblos que lo miden con cicatrices, con piedras, con lengua, con terquedad. Tlaxcala pertenece a estos últimos. Su historia no cabe en una fecha conmemorativa ni en una ceremonia oficial, porque el tiempo de Tlaxcala no comenzó cuando se trazó una ciudad conforme al orden colonial, sino mucho antes, cuando un pueblo aprendió a defender su territorio, a organizar su vida política y a dejar testimonio de sí mismo. Por eso, al hablar de los 500 años de la fundación de la ciudad de Tlaxcala, conviene decirlo con claridad: celebramos un capítulo importante, sí, pero no el origen de todo. Los quinientos años corresponden a la ciudad fundada en 1525; la historia tlaxcalteca, en cambio, es mucho más antigua, más honda y más grande.

    I. La Herencia Moral de una Tierra Antigua

    En una época como la nuestra, tan acostumbrada a la prisa y al olvido, resulta necesario volver a hacer una pregunta esencial: ¿qué engrandece a un pueblo? No solo sus edificios, ni sus cifras, ni sus gobiernos pasajeros. Lo engrandece, sobre todo, la conciencia de su propia historia. Un pueblo sin memoria es un sitio de paso; un pueblo con memoria es una casa. Y la tesis vale para Tlaxcala con una fuerza particular: la historia de un pueblo engrandece a quienes viven en ella. Quien habita una tierra antigua no recibe solamente un domicilio; recibe una herencia moral, una responsabilidad y una altura.

    La conmemoración de 1525 debe asumirse sin confusiones. Tlaxcala es reconocida como una de las primeras ciudades del continente americano, pero antes de esa ciudad ya existía Tlaxcallan, con sus propias estructuras de poder, su identidad política, su prestigio militar y su larga resistencia frente al poder mexica. Reducir la historia tlaxcalteca a 1525 sería como creer que un árbol nace el día en que alguien decide medir su tronco.

    II. Actores Centrales del Nuevo Orden

    La grandeza de Tlaxcala está en su doble profundidad: la de su raíz prehispánica y la de su permanencia histórica. Tlaxcallan fue una república o federación indígena capaz de sostener una vida política propia y de defender su autonomía. No se trataba de un pueblo marginal, sino de una comunidad con organización, estrategia y sentido de sí.

    Cuando llegaron los españoles, Tlaxcala no fue un decorado pasivo. Primero combatió, luego pactó, y en ese pacto definió parte del destino de Mesoamérica. La alianza con Hernán Cortés, nacida de una compleja red de cálculos políticos, resultó determinante para la caída de México-Tenochtitlan. No hace falta idealizar ese episodio para reconocer su peso. El propio Lienzo de Tlaxcala da cuenta de que los tlaxcaltecas se pensaban a sí mismos no como simples acompañantes, sino como actores centrales del nuevo orden que estaba surgiendo. Tlaxcala no estuvo al margen de la formación de México; participó activamente en ella, fue su corazón fundacional.

    III. Una Densidad Histórica Continental

    Frente a los 250 años que Estados Unidos recuerda de su independencia, la ciudad de Tlaxcala ya puede hablar de quinientos años, y el pueblo tlaxcalteca puede hablar de muchos siglos más. La comparación no busca competir por vanidad, sino recordar que la densidad histórica no siempre coincide con el tamaño del poder contemporáneo. Tlaxcala participa de la dignidad de los pueblos antiguos, como Irán o la antigua Sumeria, cuya identidad no se improvisó ayer.

    Los 500 años de la ciudad no encierran a Tlaxcala; la abren. La vuelven legible en capas: una colonial, otra indígena —todavía más profunda— y una mexicana, nacional, en la que Tlaxcala aparece como pieza fundamental para entender la pluralidad originaria del país. Tlaxcala no es una nota al pie de México; es una de sus páginas de arranque.

    IV. Conclusión: Una Grandeza Antigua y Viva

    Presumir a Tlaxcala es un acto de justicia histórica. Durante demasiado tiempo se ha repetido una imagen disminuida del estado, como si la pequeñez territorial implicara pequeñez histórica. Hay geografías reducidas que contienen universos enteros. Tlaxcala tiene con qué: con su pasado prehispánico, con su papel decisivo en el siglo XVI, con su patrimonio cultural y con la conciencia de que su historia merece ser contada desde sí misma.

    Que estos quinientos años sirvan no para reducir a Tlaxcala a una fecha, sino para reconocer en ella una grandeza antigua y viva. Una tierra que fue república antes de ser ciudad, que fue actor antes de ser relato ajeno, que fue memoria antes de ser efeméride. Porque al final eso hace la historia cuando de verdad nos pertenece: no nos encadena, nos levanta.

    Invitación a la Acción:

    Celebrar 500 años es reconocer que habitamos una tierra que porta siglos de dignidad. ¿Qué parte de esta historia te hace sentir más orgulloso de ser tlaxcalteca? Te invito a compartir tu reflexión en los comentarios y a unirte a nuestra comunidad para seguir redescubriendo la grandeza de nuestra tierra. ¡Tu voz mantiene viva nuestra memoria!